¿Mi referente es un sólido o un líquido?
Qué es el fraude escolar, sus tipos y consecuencias, y qué referentes les estamos dando a los jóvenes.
24 de enero de 2024 · 8 min de lecturaEducación
Qué muestra el documental argentino de 2012 y la pregunta que le deja a un padre y coach de familias: ¿estamos educando a nuestros hijos para ganarles a los demás o para servirles?

Hace un tiempo vi el documental La educación prohibida, que cuestiona el papel de la escuela en un sistema de consumo. Una de sus escenas se me quedó grabada. Un experto decía: «Todos hablan de paz, pero nadie educa para la paz… En el mundo educan para la competencia, y la competencia es el comienzo de cualquier guerra».
En este artículo encontrarás un resumen de La educación prohibida y una reflexión para padres a partir de esa escena. La pregunta que me hago desde entonces es esta: cuando educamos a nuestros hijos, ¿los estamos preparando para ganarles a los demás o para reconocer al otro y servirle?
La educación prohibida es un documental argentino estrenado en agosto de 2012 y dirigido por Germán Doin. Dura algo más de dos horas y reúne unas 90 entrevistas a educadores, especialistas, madres y padres de América Latina y España.
La película cuestiona la escuela tradicional: las estructuras rígidas, la autoridad sin diálogo, la memorización, las notas y la competencia entre estudiantes. Frente a ese modelo muestra experiencias educativas distintas, inspiradas en corrientes como la educación popular, la pedagogía Waldorf, el método Montessori, la escuela de las hermanas Cossettini, la pedagogía libertaria y la educación en casa.
Se financió con aportes de más de 700 coproductores y se publicó de forma libre y gratuita en internet, con licencia Creative Commons. Por eso circuló tanto entre padres y docentes, y todavía se puede ver completa en YouTube.
No hace falta estar de acuerdo con todo lo que plantea para reconocer que deja preguntas valiosas. La que me interesa aquí, como padre, es la de la competencia.
El biólogo chileno Humberto Maturana lo explica así: la competencia es «constitutivamente la negación del otro, porque involucra un fenómeno en el que el éxito de uno se funda en el fracaso del otro» (Maturana, 2002, p. 76). Para que alguien gane, tiene que haber un perdedor; para que alguien sea el primero, tiene que haber un segundo.
Los niños aprenden esa lógica muy pronto, y no solo en el colegio. La aprenden cuando en casa se compara al hermano que saca mejores notas con el que no, o cuando la única pregunta al final del día es quién ganó. Poco a poco, el compañero deja de ser alguien con quien aprender y se vuelve alguien a quien superar.
Alguno me dirá que en este mundo la competencia hace falta para que las cosas mejoren y la gente no se conforme con lo que tiene o con lo que es. O que hay que ser competitivo, porque si no, la sociedad se lo devora a uno. Entiendo esos argumentos, y no se trata de quitarles a los niños la exigencia ni el gusto por hacer las cosas bien.
Prefiero hablar de otra competencia: la de cada uno consigo mismo, en la que se trata de ser lo mejor que se puede ser, libremente y sin la presión de los demás. Lo explicaba Nick Vujicic, el conferencista australiano que nació sin brazos ni piernas, en una entrevista:
Ahora me doy cuenta de que no tengo que ser como cualquier otra persona. La verdad es que mi valor no se determina por cómo me veo, o lo inteligente que soy, o la cantidad de amigos que tengo. Tengo que ser el mejor que puedo ser.
Un niño que compite consigo mismo se alegra de avanzar, pero no necesita que otro fracase para sentirse valioso.
Si solo educamos para competir con los demás, estaremos educando para una sociedad líquida. Tomo la expresión del sociólogo Zygmunt Bauman, que habló de modernidad líquida para describir una época en la que los vínculos, los compromisos y los valores se vuelven frágiles y cambian según la conveniencia.
En una sociedad así, la persona termina convertida en un objeto útil al sistema, que debe asegurar su utilidad por cualquier medio. Al otro se le evalúa por el beneficio que deja. Ese panorama lleva a una sociedad indiferente a las necesidades de los demás.
En una sociedad líquida nadie necesita mirar al que tiene al lado. Cada uno vive inmerso en su propio mundo, muchas veces irreal, y solo se fija en los otros para compararse: para saber cómo va con respecto a los demás y obtener así un valor que también es líquido.
Un sociólogo español lo resume en una frase que da para pensar: en la sociedad actual «se educa para triunfar y triunfo es sinónimo de beneficio más que de servicio» (Pérez Adán, 2005, p. 59).

Educar a los niños en valores, y en particular en el servicio, no requiere grandes programas. Empieza en lo cotidiano y, sobre todo, en el ejemplo. Algunas ideas para la casa:
En el Gimnasio Santamaría de la Sabana, con preescolar y primaria en Cajicá y secundaria en Chía, el servicio es uno de los valores que les pedimos a los estudiantes: ayudar a los demás sin que se lo pidan. Se aprende sobre todo con el ejemplo de los profesores y del equipo, y también en el trabajo por proyectos, donde cada estudiante presenta lo que hizo, escucha las preguntas de sus compañeros y aprende de lo que aportan los demás. En Emprendedores del Mes, por ejemplo, un estudiante presenta un producto o un servicio que creó y responde las preguntas de todos.
Puedes conocer nuestros valores en quiénes somos y la forma en que trabajamos por proyectos en educación finlandesa. Si estás buscando colegio y quieres saber qué mirar en la visita, lee Colegios en Cajicá: cómo elegir el mejor para tu hijo. Y si te interesa la idea de la sociedad líquida, el autor la desarrolla en Fraude escolar: qué referentes les damos a los jóvenes.
¿La forma como estamos educando a nuestros hijos promueve una sociedad líquida? Vale la pena pensarlo. ¿Qué opinas? ¿Estás de acuerdo con que hoy se educa para triunfar? Si es así, ¿estaremos educando para una sociedad líquida? ¿Cómo se puede educar en el servicio?
Es un documental argentino de 2012, dirigido por Germán Doin, que cuestiona la escuela organizada alrededor de la competencia, la memorización y las notas, y recorre experiencias de educación distintas en América Latina y España.
Se publicó de forma libre y gratuita en internet, con una licencia Creative Commons, y se puede ver completa en YouTube.
El autor no descarta la exigencia: propone que la competencia sea con uno mismo, para ser lo mejor que se puede ser, y no una carrera en la que el éxito de uno depende del fracaso de otro.
Sobre todo con el ejemplo. En casa ayuda felicitar la ayuda y no solo el resultado, no comparar a los hermanos, jugar en equipo, darle a cada hijo un servicio fijo y preguntarle por los demás.
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